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El Himno Irresistible
de Miguel Grinberg No
basta invocar a Dios para que Su presencia se implante
entre nosotros. Tampoco es suficiente proclamar una Nueva
Era suponiendo que el mero discurso contribuye a crear sus
dinámicas en el corazón de un pueblo. Sin una "resonancia"
en al alma personal y comunitario, sin una "fertilidad"
complementaria en el corazón de los involucrados, todo se
vuelve una impostación, un espejismo.
Es exactamente lo que está sucediendo: cada día hay más
actividades, libros y conversaciones sobre un presunto
"nuevo tiempo revelador", y cada vez es mayor la rutina y
el desconcierto que aquejan a quienes --hipotéticamente--
fueron convocados para la magna tarea de inaugurar una
época.
Toda semilla que se plante en terrenos no aptos para el
cultivo, quedarán en estado de latencia: jamás
germinarán. Toda idea que no vaya acompañada de acciones
que trasformen al individuo --al mismo tiempo-- en el
trabajo y en el fruto de la siembra, será apenas retórica,
ficción, simulación. Por eso hay tanta presunta "novedad"
en las proclamas de Acuario, y tanto vacío entre los seres
de fin de siglo.
Por eso decía William Blake: "Quien piensa y no obra,
engendra peste". Y si bien es cierto que quien obra y no
piensa también engendra peste, nos queda por determinar
qué vamos a poner a la par de nuestras bellas intenciones,
en el trazado de la fraternidad necesaria. En el instante
supremo donde las palabras se convierten en soles, y los
gestos en construcción compartida de un templo invisible.
De una eternidad cotidiana.
De un himno irresistible. |