(30)
LM, Technics and Civilization, op. Cit., pp. 221-3, 247, 250, 267, etc.; "The Theory and Practice of Regionalism", op. Cit.; p. 19.

(31)
LM, "Preface", The Condition of Man, 1944, reimpreso New York; Harcourt, Brace, Jovanovich, 1973, p. Viii.

(32)
LM, "Technics and the Future of Western Civilization", en In the Name of Sanity, New York: Harcourt, Brace and Jovanovich, 1954, p. 47.

(33)
"California and the Human Prospect", op. Cit., p. 43.

(34)
LM, "Prospect", en Thomas, ed., op. Cit., pp. 1147-8..

(35)
Ver por ejemplo sus ensayos "Gentlemen! You are Mad!" Saturday Review of Literature, Marzo 2, 1946; "The Morals of Extermination", Atlantic Monthly, Octubre, 1959; y la colección In the Name of Sanity. También Paul Boyer, By the Bomb’s Early Light: American Thought and Culture at the Dawn of the Atomic Age, New York, Pantheon, 1985, esp. Pp. 284-7.

(36)
LM, "The Moral Challenge to Democracy", Virginia Quarterly Review, 35, 4, 1959, p. 565.

(37)
Ibid, esp. Pp. 562-7.

(38)
My Works and Days, op. Cit., pp. 115-6.

(39)
LM, "Looking Forward", Proceedings of the American Philosophical Society, 83, 4, 1940, p. 541.

(40)
"California and the Human Prospect", op. Cit., pp. 45-7.

(41)
Ramachandra Guha, "Toward a Cross Cultural Environmental Ethic", Alternatives, 16, 3, 1990.

(42)
Benton Mckaye a Leiws Mumford, 3 de diciembre de 1926, citada en John L. Thomas, "Lewis Mumford, Benton Mckaye and the Regional Vision", en Mumford: Public Intellectual, New York, Oxford University Press, 1990.

(43)
Donald L. Miller, Lewis Mumford: A Life, New York, Weidenfeld and Nicholson, 1989, p. 166.

(44)
"Prospect", op. Cit., p. 1146.

(45)
LM, "Let Man Take Command", The Saturday Review of Literature, Octubre, 1948, p. 35.

(46)
"California and the Human Prospect", op. Cit., pp. 58-9.

(47)
Alvin Gouldner, Against Fragmentation: The Origins of Marxism and the Sociology of Intellectuals, New York, Oxford University Press, 1985.

Lewis Mumford
El Olvidado Ecologista Norteamericano:
Um Intento de Recuperacion
Ramachandra Guha
Parte II

La filosofia ambiental de Mumford

El optimismo de las historias ecológicas de las ciudades y de las tecnologías que Mumford publicó en la década de 1930 sorprende a cualquiera que conozca solamente sus últimos escritos. Esperaba que el surgimiento de valores de la economía neotécnica humanizaría la máquina. Para el estado de la democracia, también, la tecnología neotécnia - en particular la hidroelétrica - trabajaba en favor de la descentralización y la escala humana, en contraste directo con el gigantismo y la concentración de la época paleotécnica. Mumford incluso tenía algo positivo que decir sobre el automóvil. Aunque deploraba que usase gasolina, creía que su uso extensivo desplazaría al tren lo que significaba que los humanos no deberían concentrarse alrededor de las estaciones, las minas y los puertos
(30).

La temprana filosofía ecológica de Mumford era, por tanto, profundamente historicista. Creía que las fuerzas de la historia se estaban moviendo en la dirección de un mejor medio ambiente, con una tecnología más benigna, y con un orden social más democrático. Mientras, su propia participación en el movimiento regionalista - probablemente la única vez en su larga carrera como intelectual público que participó en una acción colectiva - también favoreció un punto de vista optimista sobre el cambio social.

Todo esto encaja muy poco con la común reputación de Mumford, basada en sus últimos escritos, como un profeta del desastre. Al mirar su evolución, vemos que las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial alteraron fundamentalmente la fe de Mumford en la buena dirección del movimiento de la historia. El bombardeo masivo de ciudades alemanas, el lanzamiento de bombas atómicas en le Japón, y la paranoia de la Guerra Fria, afectaron profundamente a Mumford. La historia no podía introducir por sí sola la era neotécnica pues la tecnología, y los "caballeros" que controlaban su desarrollo, se habían vuelto locos.

Este cambio en su punto de vista se refleja en le prefacio que Mumford escribió en 1973, para la reedición de un libro que fue publicado por primera vez treinta años antes. Defendió el apoyo del libro a la teoría de John Stuart Mill del "estado estacionario", en oposición a la creencia victoriana en el progreso y la expansión de la civilización occidental moderna; es la continuación de la llamada en Technics and Civilization a un equilibrio dinámico entre las personas y la naturaleza, la industria y la agricultura. Pero, advierte significativamente, "el efecto principal de la trasformación regresiva que ha ocurrido en el último cuarto de siglo (es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial) ha sido el cambio de mis conclusiones del modo verbal indicativo al modo imperativo; no vamos a llegar simplemente a un equilibrio dinámico, sino que "debemos" hacerlo - si no queremos destruir el delicado equilibrio ecológico del que depende toda vida -"
(31).

En esta fase más sombría, los valores sociales y ambientales de Mumford permanecieron los mismos: sin embargo, fue considerablemente menos optimista respecto a su aceptación. En sus escritos podemos seguir viendo, aquí y allí, los elementos de una filosofia ecológica a la vez analítica y programática. Sin duda es difícil encontrar un resumen compacto de su visión en el periodo de posguerra; no hay ningún texto comparable a Technics and Civilization o a The Culture of Cities. Es más, su visión sobre ecología, cultura y política debe ser reconstruida a partir de sus diversos escritos, particularmente de sus ensayos y de sus artículos olvidados.

Veamos primero la reconsideración de Mumford de la tecnología moderna, empezando con su crítica de la energía atómica y culminando en los graves ataques contenidos en The Pentagon of Power (1970). Al abandonar la esperanza de que la moderna tecnología se desarrollara en una dirección benigna, creía ahora que la ciencia y la tecnología modernas llevaban la marca del capitalismo: "el interés del capitalista por la cantidad, su creencia de que no había límites naturales para la adquisición" estaba ahora suplementada por la tecnología, "por la noción que la producción cuantitativa tampoco tiene límites naturales"
(32). Donde "la máquina precede a las personas", escribe en otro lugar, "y donde todas las actividades y valores que sostienen el espíritu humano están subordinadas a hacer dinero y a consumir en privado sólo los bienes que se pueden conseguir con dinero, incluso el ambiente físico tiende a hacerse degradado e ineficiente" (33). Mumford reservó sus más duras críticas a la tecnología de la energía atómica, que para él ejemplifica el desarrollo unilateral, contrario a la vida, de las técnicas modernas. Argumentó que esta tecnología debía ser sometida a um "estricto periodo de prueba", y rehusó aceptar las "explicaciones conciliadoras" de la Atomic Energy Commission, de que la contamicación era negligible y fácil de controlar. Eso no podía tranquilizar a nadie, pues la historia de la contaminación industrial mostraba que "nuestra miopía infantil excitada por la novedad, nuestro desprecio a la salud cuando se trata de ganancias, nuestra falta de respecto por la vida, continúan envenenando la atmósfera cada área industrial, y convierten las corrientes y los ríos, así como el aire que respiramos, en inaptos para la vida orgánica" (34).

La fe de Mumford en la ciencia y la tecnología también fue modificada por su papel en la Segunda Guerra Mundial y la carrera armamentista que siguió a su conclusión. Fue un temprano y perceptivo crítico de la bomba atómica, y recomendó que América compartiera su conoscimiento nuclear con la Unión Soviética más que embarcarse en una competición costosa y sin sentido. Tanto el desarrollo de la energía atómica como el perfeccionamiento de las armas de destrucción de masas, argumentó, perjudican la democracia al fomentar los secretos por y dentro del Estado
(35) Pero el complejo industrial-militar era por sí solo una parte de la negación de la democracia, ya que grandes áreas del gobierno central habían sido sustraídas a "todo control y supervisión popular, obrando en secreto, descaradamente reteniendo o adulterando la información necesaria para que la democracia juzge el trabajo de sus representantes" (36). Comparó desfavorablemente el presente estado de la democracia en América con el de hace un siglo, cuando habían, de hecho, una gran difusión de la propiedad, riqueza y poder político. En su llamada a una renovación de la democracia, Mumford utilizó una teoría cíclica de las estructuras políticas curiosamente similar a su ( modificada) teoría cíclica del desarrollo técnico: un pasado armonioso pero perdido, un presente abominable y un futuro que aún tenía que ser construido (37).

Es interesante destacar dos elementos de la visión democrática de Mumford. Primero, él señaló que los ciudadanos debían tener control sobre los programas públicos que afectaban vitalmente sus vidas. Para Mumford, entre las revolucionarias contribuciones de Patrick Geddes a la planificación - que lo distinguían del administrador, burócrata u hombre de negocios arquetípicos - estaba sobre todo su "deseo de dejar una parte esencial del proceso a aquellos que están más íntimamente conectados a él - los que lo van a utilizar, los consumidores o los ciudadanos -
(38). Mumford también heredó el respeto de Geddes por el conocimiento popular (o pre-moderno). En los primeros días de la más salvaje guerra en la historia humana, esperaba un tiempo en que "las culturas más primitivas desde el punto de vista mecánico... influirán y civilizarán a sus conquistadores europeos; les devolverán parte del profundo sentido orgánico de unidad con el ambiente, parte de esa riqueza sensual y alegría de vivir que los occidentales han perdido a menudo en su conquista agresiva del ambiente..." (39).

Estos sentimientos eran perfectamente coherentes con la petición amplísima de Mumford en favor de lo que ahora llamamos "diversidad cultural y biológica". El mundo de la máquina, se quejaba, "ha aislado a sus habitantes de toda forma de realidad a excepción del mismo proceso mecánico: el frío y el calor, el día y la noche, la tierra y las estrellas, los bosques, las tierras de cultivo y de viña, los jardines - todas las formas de cooperación orgánica entre los millones de especies que componen la vitalidad y salud de la tierra - han sido suprimidas por completo de la mente o han sido homogeneizadas en una mezcla uniforme que puede introducirse en la máquina". Contra esta uniformidad mortal, Mumford nos invitaba a apreciar nuestra propia historia, "promoviendo el carácter, la variedad y la belleza donde quiera que los encontremos, ya sea en los paisajes o en las personas"
(40).

He argumentado en otro lugar que las tres filosofías ambientales genéricas son la Naturaleza Silvestre (o Primitivismo), el Agrarismo y el Industrialismo Científico. Mumford es raro (posiblemente único) entre los filósofos ambientales en su capacidad de sintetizar y transcender posiciones partidistas a favor de la naturaleza salvaje, el campo cultivado o la ciudad
(41). Como señaló su cercano colaborador Benton Mckaye, la naturaleza virgen, lo rural y lo urbano son todos ambientes necesarios para el desarrollo completo de la persona humana. Consecuentemente, un programa regionalista tiene que incorporar los tres elementos: la preservación de la naturaleza intocada, la restauruación de un paisaje rural estable, y la salvación de la verdadera ciudad (42).

La humanización de la tecnología y la protección de la diversidad dependían ambos de un cambio fundamental en los valores. Como ha indicado agudamente un biógrafo de Mumford, mientras otros radicales "esperaban que los cambios de valores ocurrieran después de la revolución, para Mumford el cambio de valores era la revolución"
(43). En la edad de la máquina, la desintegración de la personalidad humana está en un estado avanzado, como las patologías del mundo civilizado mostraban. Por eso, como dijo Mumford en un encuentro internacional de científicos en 1955, "si hemos de conseguir cierto grado de balance ecológico... debemos conseguir también un balance humano" (44). En una conferencia pronunciada en el encuentro del centenario de la America Association for de Advancement of Science, y publicada (aunque no a propósito) en el aniversario de Mahatma Gandhi, pidió una mayor intervención humana en la técnica, para que la técnica tuviera en cuenta la personalidad humana. Pero en un nivel más profundo, él pedía que la técnica perdiera su trono en la sociedad moderna. En esta gran tarea de renovación cultural.

El actor central en el nuevo drama de la civilización no debe ser la Persona Poder, ni la Persona Ganancia, ni la Persona Mecánica, sino la Persona Total. Esto significa que debemos invertir el orden del desarrollo que produjo, lo primero, la máquina; ahora debemos explorar el mundo de la historia, de la cultura, de la vida orgánica, del desarrollo humano, igual que una vez exploramos el mundo sin vida de la naturaleza. Debemos entender la orgánica de la personalidad, como antes entendimos la estática y la mecánica del proceso físico; debemos centrar nuestra atención en la cualidad, el valor, el ejemplo y el propósito como antes la centramos en la cantidad, en las relaciones físicas, en la masa y en el movimiento
(45).

Incluso más que los valores, los individuos y las sociedades necesitan mitos viables. Aquí, Mumford confía en la caída del mito de la máquina, que, durante un largo periodo, ha fascinado a los occidentales. El mito de la máquina debe ser reemplazado, para que haya cordura, estabilidad y supervivencia, por "un nuevo mito de la vida, basado en un rico entendimiento de todos los procesos orgánicos, una profunda visión del rol positivo de las personas para cambiar la paz de la tierra... y sobre todo una profunda fe religiosa en la capacidad humana para transformar y perfeccionarse a sí misma y a sus instituciones en una relación cooperativa con todas las fuerzas de la naturaleza, y sobre todo con las otras personas"
(46).

Con esta última cita, es fácil argumentar que lo que caracteriza a la filosofía de Mumford, en términos contemporáneos, es un "socialismo ecológico". Pero a diferencia de los socialistas radicales, y de los ecologístas radicales, Mumford no puso su fe en un agente escogido por la historia (por ejemplo, el Proletariado o los Ecologistas Profundos). En un sentido, rehusar proyectar las propias aspiraciones en un agente es totalmente loable
(47). Pero, desde otro punto de vista, esto ejemplifica un curioso silencio en el trabajo de Mumford - frecuentemente invoca individuos, valores y estilos de vida paradigmáticos, pero nunca movimientos sociales - .

Colaboração de João Carlos Canuto (Cordoba-Espanha)


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